Columnas de Opinión: Semillas de Luz XIII: El tonto del pueblo
Columnas de Opinión: Semillas de Luz XIII: El tonto del pueblo oral E tradición los pueblos la n de hispanoamericanos, está el relato que habla de un tonto que se paseaba por los bares del pueblo con la saliva que caía por la comisura de su boca, los mozos no le impedían el paso porque los parroquianos, gente culta e inteligente, lo llamaban para que escogiera entre dos billetes de distinto valor que le ponían en la mesa, indefectiblemente ante las carcajadas de los comensales, mientras se rascaba la cabeza tomaba el de menor valor. Pobre imbécil, todo el día durante años fue el hazmerreír del pueblo.
Fue una tarde de primavera que un turista intrigado le preguntó en voz baja, ¿Por qué siempre eliges el billete más chico? El tonto cerró un ojo y le respondió, porque si elijo el más grande ya nadie me llamaría a su mesa. El arte del prestidigitador consiste en encandilar con una mano mientras que con la otra oculta a plena vista de la audiencia, la clave de su truco. El siglo pasado tuvimos un personaje algo dictatorial de voz destemplada que para regocijo de sus opositores lo motejaban de ignorante y estúpido como una manera inconsciente de sentirse superiores. La arrogancia nubla la vista incluso de los que se piensan buenos lectores.
Fue así como este personaje tosco e ignorante, terminó sus días tranquilo en su cama rodeado de sus seres queridos Hoy uno de sus acólitos funge con el cargo máximo de la república para empujarnos nuevamente hacia una cultura de desconfianza y temor, donde pareciera que algunos quisieran restaurar los viejos tiempos de las haciendas, aquellos donde al patrón se le enfrentaba con la vista baja y la dignidad en silencio. Ya no hay rebenques, ni pagos con fichas pero sí miedo, horizonte de precarización, abuso y reducción de derechos. Sin embargo, la historia humana también otra ninguna enseña cosa: sociedad construye futuro desde la humillación del otro. El desprecio puede otorgar victorias momentáneas, pero jamás convivencia duradera.
Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea demostrar quién es más inteligente, más fuerte o más culto, sino recuperar algo mucho más difícil: la capacidad de reconocer errores propios y diseñar nuevos relatos que den cuenta de los nuevos escenarios humanos. Convertir al adversario en caricatura suele ser el último refugio de quienes han perdido la capacidad de enamorar a las grandes mayorías con un proyecto propio. Porque cuando una sociedad necesita convertir al otro en "el tonto del pueblo", probablemente no sólo comienza a perder su humanidad. También empieza a perder algo igual de importante, su capacidad de imaginar un futuro común. [Editado con IA] Luis Alberto Vásquez M. Gesto Humano.