COLUMNAS DE OPINIÓN: leer procesos antes que lamentar hechos
COLUMNAS DE OPINIÓN: leer procesos antes que lamentar hechos Dro.
Francisco Salas, pediatra especialista en adolescencia y directora de Medicina UNAB sede Santiago Lo Lo ocurrida en Calama la semana pasada nos invita a reflexionar y a plantearnos desafíos concretos para prevenir que situaciones como esta vuelvan a ocurrir. Porque lo sucedido no fue un accidente, ni un hecho aislado, ni puede entenderse únicamente como un problema individual de salud mental. Existe una tendencia a explicar la violencia adolescente como un desborde impulsivo. Sin embargo, cuando la violencia es grave, organizada o dirigida, esa explicación resulta insuficiente. La adolescencia es una etapa marcada por un cerebro en transición: alta reactívidad emocional, una capacidad de control inhibitorio aún en maduración y uno fuerte necesidad de pertenencia. Pero ese morco, por sí solo, no explica la violencia extrema.
En este sentido, lo que observamos no es solo impulsividad, sino lo acumulación de experiencias negativas que no fueron suficientemente abordadas: la consolidación de narrativas internas que se rigidizan, y la presencia de señales que, aunque disponibles, no siempre logramos interpretar oportunamente. Porque las señales, en muchos cosos, están, pero como sociedad aún tenemos desafíos en su lectura e integración. En este punto aparece una dificultad relevante: tendemos a abordar estos fenómenos principalmente desde el espacio escolar, sin considerar que hoy el desarrollo adolescente ocurre tanto en el plano físico como en el digital. Y en este último circulan contenidos y modelos de violencia que muchas veces carecen de un contrapeso adulto efectivo. No estamos frente a jóvenes más “violentos” par naturaleza, sino frente a jóvenes expuestos a formas de violencia y de construcción de sentido que han cambiado significativamente en el tiempo. A esto se suma la fragmentación en las formas de abordaje. La conducta se gestiona en el ámbito educativo, la salud mental en el sistema sanitario, y la familia por múltiples razones no siempre logra integrarse de manera activa en estos procesos. Esto dificulta una comprensión global de las trogectonas y limita la posibilidad de intervenir de manera oportuna. De este modo, cuando ocurre un evento de esta magnitud, suele percibirse como sorpresivo.
Sin embargo, muchas veces corresponde a la expresión final de una serie de desconexiones previas: entre el adolescente y sus pares, entre el adolescente y los adultos significativos, y entre los sistemas llamados a acompañarlo y protegerlo. Los desafíos que tenemos por delante son múltiples. Entre ellos, fortalecer la capacidad de leer procesos más que eventos, intervenir tempranamente en las trayectorias de riesgo y avanzar hacia una mayor articulación entre familia, educación y salud.
Porque cuando un adolescente llega a ejercer violencia extrema, la pregunta no es solo qué ocurrió en ese momento, sino también en qué punto dejamos de comprender lo que estaba pasando y cómo podemos, como sociedad, mejorar nuestra capacidad de verlo a tiempo. Violencia adolescente: leer procesos antes que lamentar hechos.